INTRODUCCIÓN

¿Para qué escribir las memorias, sabiendo que la memoria traiciona la realidad con muchísima frecuencia? Dos personas con la misma vivencia, pueden recordarla de forma muy diferente, algunas veces incluso diametralmente opuesta. Lo que muchos recordamos se parece a una fotografía estática que nuestra mente se encarga de decorar y dramatizar.

Aun así, creo que ha llegado el momento de acceder a la petición de mi hija y escribir algunas de las aventuras que recuerdo, antes de que se esfumen, como les ha pasado a mis mayores.

No creo que esto sea nada importante, salvo para unos pocos, pero a mí me hubiera gustado haber tenido una historia escrita por mis abuelos, en donde me contaran los momentos que ellos querían recordar.


Dedicado a mis hijos.

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miércoles, 24 de febrero de 2010

D de Derrelicto con D


Domingo dos de diciembre. Doce días después de la despedida al desatracar de la dársena de Dover. Destino: Odesa, donde descargarían.

Doscientas millas desde Dardanelos. A dos días del destino. Detrás de la diminuta isla del delta de la desembocadura del Danubio. Día despejado.

Después de desayunar, Diego, el oficial de derrota, desacostumbradamente desconcertado, deambulaba por delante del puente. Divisaba deslumbrantes destellos dorados a una distancia de dos millas. Desconocía que era. No lo distinguía.

- ¡Dios! ¡Un derrelicto! – dijo desmelenado, dirigiéndose a David
- Diego, define eso o lo busco en el diccionario.- dijo David.
- Derrelicto: Dícese de desechos o despojos, dentro del agua, desplazándose o deslizándose a la deriva en superficie o por debajo.
- ¿Dónde?
- Por la diagonal. Distancia dos millas. –dijo dirigiendo un dedo.
- ¡Desbarras!, ¡Deliras! - dijo David, desconcertado al divisar sólo un distraído delfín deslizándose delante de ellos.
- ¿Dudas? ¿Desconfías?

Diego dirigió decididamente despacio, despacio, directo al derrelicto. Disminuyendo la distancia, detuvo el barco dulcemente.

Dos minutos después, aunque con dificultad, debajo del agua distinguieron difusamente un deteriorado, desmantelado, desarbolado, desmadejado, deformado dragaminas de divisa danesa y que las dominantes corrientes desplazaban, dejando sólo destapado y al descubierto el descolorido y degradado distintivo de Dinamarca, aún débilmente discernible. Debajo, su denominación: "Dansk Drom. Odense".

Decidieron descender para verlo. El dragaminas estaba en diagonal, debajo del agua. Distinguieron daños por deflagración. Dedujeron que una detonación dejó despanzurrado el costado derecho con una desdentada cavidad desportillada.

- Diego. Déjame decirte algo: Esto es un peligro. Deberíamos desviarnos y desembarcar para denunciar el descubrimiento.
- Debemos dibujar un diagrama. Determinar la posición detalladamente, para documentarlo y divulgarlo.
- Deberían desarmarlo, o demolerlo, o desactivarlo, o desmontarlo, o desguazarlo, o dinamitarlo, o destruirlo. ¡Hundirlo definitivamente!
- Desgraciada y desdichada dotación la que sufrió el desastre. Debió de ser un drama dantesco.

Dominando difícilmente el desagrado , disgustados, destemplados, desazonados, dejaron allí desamparado el derrelicto. Se despidieron del naufragio y volvieron a su buque el "Dardo", matrícula DD2D2.

(Tere. Lo siento. "Se ma caido la musa encima y mepasao".)

martes, 16 de febrero de 2010

MI INFANCIA



En primer lugar, debo agradecer a mis padres el hecho de que se mudaran, antes de mi nacimiento, a La Guía, Somió, yo diría que era el mejor barrio de Gijón para crecer un niño. Creo que el entorno marcó definitivamente mi infancia y, con ello, el resto de mi vida.
En aquella oscura época de posguerra con opresión política, sobretodo en zona republicana, con cartillas de racionamiento para poder subsistir con escasez, con tristeza por los familiares muertos o encarcelados, supongo que había muchas infancias castradas y que difícilmente se habrán repuesto por mucho esfuerzo personal por recuperar una infancia perdida.
Por fortuna, no fue mi caso. Mis padres, aunque humildes y perdedores en la guerra, disimularon muy bien hasta que yo era ya bastante mayor, de forma tal que no me enteré si en mi casa había carencias o necesidades, ni que en mi familia había habido grandes pérdidas humanas que aún dolían.
Me crié sin hermanos, pero con una buena colección de amigos de la misma edad, que formábamos una “tribu” muy familiar. Ellos llenaron todas mis aspiraciones infantiles durante bastantes años. Con ellos jugaba a juegos de paz y de guerra. Vivíamos nuestras grandes aventuras, según la peli que fuéramos a ver los domingos en sesión matinal, después de misa, por supuesto.
Ejercíamos de romanos, de indios o de vaqueros, de Robin Hood, de Ben Hur, de soldado, de bombero, de policía… y de mil personajes más. La pandilla nos reuníamos en una gran finca cerrada de una familia vecina que tenía muchos hijos, pero aunque los muros eran de piedra y muy altos, pronto aprendimos que nuestras respectivas madres estaban más tranquilas creyéndonos allí, así que iniciábamos nuestras correrías en "La Quintina", que así se llamaba la finca, y después escalábamos los muros para encontrar la libertad del resto del mundo, en donde ya no teníamos fronteras.
Es probable que la temática se pareciera mucho a la que hoy entretiene a la infancia con toda la serie de consolas de juegos. Aunque pienso que aquellas aventuras eran bastante menos virtuales, más emocionantes y también bastante más peligrosas. Las heridas, huesos rotos y la sangre de entonces era muy real y nuestras madres tuvieron que sufrir muchos sustos y disgustos. No creo que hoy en día los padres estuviéramos dispuestos a que nuestros hijos pasaran tantas horas al día inmersos en tantos peligros y sin más vigilante que la de los “ángeles de la guarda” que cada uno de nosotros llevábamos pegado a la espalda, que, por cierto, hicieron muy buen trabajo, tuvieron pocos descuidos, para lo que podía haber sido. Sólo unos pocos huesos rotos y una buena colección de costurones, pero sobrevivimos todos.
Es curioso, pero ahora, mirando hacia atrás, apenas tengo recuerdos del colegio (Escuela Nacional), más allá de los mástiles con las banderas ganadoras de la ya lejana guerra, el “Cara al Sol” de obligado cumplimiento, las raciones de queso Cheddar que nos mandaban los americanos y poco más. Tengo un vago recuerdo de que el maestro era muy rígido y duro con nosotros, pero, afortunadamente mi memoria es muy selectiva y ese buen hombre está en proceso de desaparecer del todo de mi vida. Supongo que porque no me ocasionó grandes traumas o porque mi “tribu” hacía que el trauma desapareciera antes de poder calar hondo
Durante mi estancia en el instituto, también aparecen algunas feas imágenes con malos recuerdos. El jefe de estudios, un cura, un mal bicho que, por suerte, paso a hacer daño a los niños del más allá y nos liberó de su sádico ensañamiento aca . Alguna que otra profesora carca, que había conseguido el puesto por motivos políticos, pero, en fin, nada que no se pudiera tapar ampliamente con la colaboración de la tribu y unas cuantas horas de aventura.
Si tuviera que recrear mi infancia, lo haría con un telón de fondo con los prados pintados de verde, con el olor de la tierra recién abonada, con el sabor de las manzanas robadas, con el tacto húmedo de las cortezas de los arboles cubiertos de musgo y todo envuelto por la música de las gaitas, que, aún hoy, hacen que las lagrimas afloren por la emoción.
En fin, que tengo que calificar mi infancia de feliz e inmejorable, si bien todo tiene sus efectos secundarios y deja secuelas. La mía es que, probablemente por haber pasado toda mi infancia en tierra firme, no pude jugar a marineros, y a los catorce años mi entorno se hizo pequeño y se me despertó la sed de aventura más allá de nuestro, ya de por sí, imaginativo mundo. Alfonso, mi mejor amigo, y yo decidimos hacernos oficiales de la marina mercante. Tardamos muchos años en conseguirlo. Seis años más tarde, a los veinte, estábamos navegando, con otro gran disgusto e inquietud de mis padres… Pero esa será otra historia.